Gestionando emociones…

Evitamos, sí. Lo hacemos.

Tratamos de no sentir las cosas que nos duelen, incomodan, alteran… Pensamos que al decir a todas esas emociones que desaparezcan de nuestra vista eso ocurre.

Y no tiene ninguna consecuencia negativa para nosotros.

 

Pasamos gran parte del tiempo negándonos lo que sentimos.

Negociando el momento que creemos óptimo para sentirlo (ahora no, ahora si, más tarde, esto debería haberlo sentido antes, ya no debería sentirme así).

 

Ninguneando algunas emociones, haciendo como que no están.

«No quiero ilusionarme», «si me alejo no voy a sentir», «paso de querer. El amor duele.»

 

Nos mentimos. Dialogamos intensamente con nuestras emociones pretendiendo hacerlas racionales.

Buscando una explicación lógica a todo cuanto hacemos o no hacemos en pro o en contra del sentimiento del momento.

Las teñimos de biología y de momento estúpido.

 

Una vez bloqueadas, negadas, ninguneadas y edulcoradas cabría esperar que «no nos dieran más la lata» ¿verdad?

Pero allí siguen, apareciendo una y otra vez.

Surgiendo en cada momento que bajamos la guardia.

Arrasándonos.

 

¿Y ahora qué hago?

Siéntate un momento, vamos a tratar de poner un poco de orden.

 

Las emociones son estados afectivos evolutivos y necesarios. Todos tenemos emociones, que expresamos de forma constante. Desde bebés, nuestro rostro refleja alguna de las emociones más básicas: la alegría, el miedo, la tristeza, la sorpresa…

A medida que nos vamos haciendo mayores empezamos a juzgar como nos sentimos: vemos como los adultos que nos rodean gestionan sus emociones, reaccionan ante las de los demás y vamos corrigiendo y escondiendo las que percibimos «incómodas» y mostrando sólo las que «están bien».

Aprendemos a esconder tan bien que, a veces, lo hacemos con nosotros mismos. Y durante un tiempo, incluso, parece que funciona.

 

Tus emociones contienen una gran cantidad de información sobre ti mismo. Una información que bien entendida y manejada te hará gestionarte bien. Sentir un mayor bienestar.

Empecemos:

 

  1. Deja que la emoción se exprese tal y como la sientes normalmente. No la juzgues, no te critiques por sentirla, no te aturulles. Deja que se manifieste sin ponerle trabas. Observa lo que ocurre.
  2. ¿Dónde se manifiesta esa emoción? ¿En qué parte del cuerpo la siento? ¿La garganta? ¿En el pecho? ¿En las manos? Date cuenta que sientes la emoción en un punto concreto. No en todas partes.
  3. Trata de etiquetar esa emoción. A veces no será sólo una, será una mezcla de varias. Está bien. Enumera todas las emociones que sientes ahora mismo, o sentiste hace un rato ante X situación.
  4. Coge cada una de esas emociones y pregúntales ¿Qué quieres de mi? ¿Qué me estás pidiendo? ¿Qué pasará si hago lo que me estás pidiendo?
  5. Trata de recordarte que tu no eres todas esas emociones. Las sientes, pero no eres ellas.
  6. Conecta con algún momento en el que hayas sido feliz, hayas sentido paz y bienestar. Quizás la ducha de esta mañana, la cena con amigos del fin de semana, los veranos cuando eras pequeño… Y trata de quedarte un rato conectando con todas esas emociones de paz y bienestar.
  7. Por último puedes decirte alguna frase que te resulte compasiva y reconfortante: «que sea feliz», «que las cosas vayan bien», «que tenga fortaleza para afrontar la situación» o tal vez: «todo pasa, todo cambia».

 

Os animo a probar durante un tiempo esta nueva forma alejada de decirnos que NO a algo tan íntimo y nuestro como las emociones.

A dejaros sentir sin juzgaros.

 

¡No dudéis en compartir experiencias!

 

Hasta pronto

 

 

 

 

 

 

 

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