Ya no

¿Por qué me ha hecho esto? ¿Cómo no me di cuenta? ¿Por qué está tan bien y yo tan mal? ¿Tan poco le he importado?… ¿Os suena?

El momento en el que te marchas deseando que te pidan que no lo hagas… pensando que, en un cambio brusco de los acontecimientos te darán tu sitio. Pero no. Ni te detienen, ni lo piensan.

 

Y de pronto, el tiempo parece suspenderse. El dolor se te clava en el costado, las lágrimas se agolpan nerviosas con la idea de llenarlo todo de sal.

El nudo en la garganta. El repaso mental de lo que pudimos hacer mejor, la dosis de buenos momentos preparada para salir ante cualquier momento de convencimiento de que estar sin, es mejor que estar con.

El vuelco al corazón cuando te suena el whatsapp. Que no es de esa persona. Ni lo volverá a ser. Ya no.

 

Y la rabia con más dolor. Y ¿Cómo puede estar tan bien? Y siguen los todo fue mentira.

Los adjetivos descalificativos de tus amistades. Los baños de realidad por si aún queda alguna foto de Facebook que no hayas visto, analizado y agonizado.

Pasa página, cierra la puerta, es lo mejor que podías haber hecho, no te merece… Y si, vale, cómo digáis…

 

Y esa punzada en el costado. Más ganas de llorar. Necesidad de aislarte, el mal humor, la desolación. Las palabras que vomitarías entre lagrimas desconsoladas. “Yo te he querido, ¿Cómo me haces esto?”.

El sermón cansino. Te repites lo imbécil que has sido. Los indicios que no quisiste ver. Esas ganas de volver atrás y abofetearte. Y mas ¿por qués?

 

Y la culpa fue mía. Y tuya. Sobretodo tuya.

Y ¿por qué tuvo que salir mal? ¿Por qué no me quisiste? ¿Por qué estás tan bien? ¿Por qué no eres tu quien duerme mal por las noches? ¿Desde cuando eres tan feliz? ¿Desde cuando quieres hacer a alguien tan feliz?

Que la culpa fue del chachá. Y qué más dará.

 

Más adjetivos descalificativos. De lo que te has librado. Seguro que no es oro todo lo que reluce.

Más dolor. Más punzadas.

 

Y luego la caída total, el empezar a ver que ya da igual más o menos todo. También (y sobretodo) esa persona.

Que ese no, que dijiste sin convencimiento, es un presunto para siempre. Que no vas a volver. Que nunca fue tu sitio.

 

Cuánto ruido hubo, cuantos adioses a media voz, cuantos planes de huida, cuantos me vas a perder. Y que poco importó. Nunca importó.

Pero esta vez sí, sin adiós, sin portazo, sin advertencia. Cuando te has querido dar cuenta ya no. De verdad que no. Ya no podrías deshacer los pasos.

 

Pasan los días y  siguen agolpándose recuerdos. Oler su perfume. Ir a esos sitios. Punzadita, punzadita, algún ¿qué será de…? Punzadita, punzadita…

Pero de repente… Te levantas una mañana y eres consciente que ya no.

 

Ya no quieres una explicación.

Ya no quieres preguntar qué sintió.

Ya no quieres saber en qué lugar se desenamoró de ti.

Ya no quieres que te pida perdón.

Ya no quieres saber si hubo algo de verdad.

Ya no quieres arriesgarte a una charla. Todo sonando a palabras huecas, mentiras mojadas y a destiempo.

Ya no vas a hacerte más daño. Le has quitado la voz y los privilegios. Los tienes todos tu.

 

Junto con las riendas de tu vida.

 

Decía buda que sólo tres cosas importan: cuanto amaste, lo bondadoso que fuiste y la gracia con la que dejaste ir lo que no era para ti.

Me quedo con estas sabías palabras.

 

Y las ganas de volver a amar.

Intactas.

 

¡Feliz día!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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